Hoy quiero sacar a la luz un tema que está afectando de forma seria a la salud de muchos niños, sin que casi nadie ponga remedio a una situación profundamente perjudicial para la infancia y la adolescencia.
En estas últimas décadas son cada vez más los casos diagnosticados en el mundo occidental de niños etiquetados con diversos trastornos cerebrales, siendo el más común el TDAH, déficit de atención, acompañado o no de hiperactividad.
En mis consultas me encuentro con padres profundamente preocupados porque su hijo o hija ha sido diagnosticado con este trastorno por un profesional de la salud. Y, en la mayoría de los casos, tras ese diagnóstico se prescribe un tratamiento médico.
Alarmado por esta situación, comencé a investigar a fondo sobre la presunta eficacia de estos tratamientos, encontrando datos realmente preocupantes. He querido dar visibilidad a este problema social para ofrecer una segunda reflexión a las familias implicadas, ya que muchas veces confían plenamente en el primer diagnóstico y siguen sus indicaciones sin cuestionar los beneficios reales ni las innumerables contraindicaciones que estos tratamientos pueden conllevar.
Encontré numerosos artículos de investigación científica y libros sobre esta cuestión, entre los que destaca Volviendo a la normalidad. La invención del TDAH y del trastorno bipolar infantil, donde los autores coinciden en señalar la facilidad con la que hoy se diagnostica un supuesto caso de TDAH y la normalización del uso de fármacos como solución, en lugar de explorar otras vías más saludables, humanas y respetuosas para salvaguardar la integridad física y mental del niño o adolescente.
Gracias a esta exhaustiva investigación he podido comprobar y verificar lo que ya sentía e intuía: una verdad incómoda para muchos. Los diagnósticos de TDAH, al igual que otros supuestos trastornos cerebrales, se emiten muchas veces de forma subjetiva, valorando opiniones de padres y profesores y apoyándose en pruebas cuya base científica sigue siendo profundamente cuestionada.
No existe una fuente objetiva, concluyente y universalmente fiable para diagnosticar a un niño con TDAH. Las posibles diferencias cerebrales que puedan observarse a través de determinadas pruebas son similares a las que podrían encontrarse en un músico, un pintor o cualquier persona con una forma singular de desarrollar determinadas capacidades.
Cada ser humano es único y diferente. Podemos desarrollar unas áreas cerebrales de manera distinta a otras personas sin que esa diferencia deba considerarse un problema, un trastorno que haya que corregir o medicar.
Es completamente normal que un niño se distraiga, que no quiera permanecer sentado durante mucho tiempo, que necesite movimiento, exploración y juego.
El problema es que la escuela tradicional no está pensada desde el bienestar real de la infancia, sino desde la comodidad del adulto, que necesita niños domesticados, obedientes, callados, quietos y previsibles.
Muchos niños, con el tiempo, terminan adaptándose a esta situación. Acaban moldeándose a la sociedad y a lo que se espera de ellos.
Sin embargo, hay niños que no aceptan ese encorsetamiento. Se rebelan contra el sistema porque sienten dentro de sí una fuerza natural que les impulsa a seguir su verdadera esencia.
Esos son precisamente los niños más incómodos y desafiantes para muchos adultos. Son difíciles de manejar, sí, pero en realidad suelen ser también los más auténticos.
Educarles y acompañarles se convierte en un reto. Para muchos docentes y formadores esto supone un problema que desean eliminar para continuar gestionando al grupo de forma homogénea, como un rebaño, en lugar de apreciar y valorar las características únicas de cada niño.
La comprensión, la aceptación y la paciencia son virtudes imprescindibles en cualquier persona que tenga contacto con niños.
Ser padre o madre es un camino profundo de desarrollo personal. Nos ayuda a cultivar nuestras virtudes y a acercarnos a nuestro ser más auténtico.
En lugar de evitar los desafíos educativos que aparecen al criar a nuestros hijos, deberíamos verlos como oportunidades para crecer, evolucionar y mejorarnos a diario.
En lugar de buscar pruebas que detecten posibles trastornos cerebrales, sugiero contemplar la diferencia del niño como algo completamente natural, porque cada persona es única.
Y aun en el caso de que existiera una certeza científica absoluta sobre un déficit de atención e hiperactividad, deberíamos alejarnos de la visión reduccionista que lo entiende como una enfermedad a medicar, y buscar formas éticas, respetuosas y profundamente humanas de acompañar al niño, de la mano de profesionales verdaderamente conscientes y sensibles.
Existen muchas formas naturales de desarrollar la atención infantil a través de actividades lúdicas, creativas, emocionales y respetuosas, sin necesidad de recurrir a fármacos que alteran su sistema nervioso.
Los principios activos de estos medicamentos actúan directamente sobre el funcionamiento cerebral.
En muchos casos contienen sustancias estimulantes potentes, algunas emparentadas con anfetaminas, cuyos efectos a medio y largo plazo sobre el desarrollo físico, emocional y cerebral siguen generando importantes interrogantes.
Pregúntate algo:
¿Darías a tu hijo café o bebidas energéticas a diario para que estuviera más atento y rindiera mejor académicamente?
Probablemente no.
Entonces, ¿por qué aceptamos con tanta facilidad sustancias mucho más agresivas cuando vienen avaladas por una receta médica?
Si te preguntas por qué se prescriben estos medicamentos, aquí está una respuesta incómoda pero necesaria.
Existe un enorme interés económico detrás de la expansión del diagnóstico del TDAH.
Las grandes empresas farmacéuticas facturan miles de millones de euros cada año gracias a la venta de estos fármacos, tanto para niños como para adultos.
Por esa razón, cada año se detectan más casos. Y ahora también se amplía cada vez más su diagnóstico en adultos.
Muchas asociaciones relacionadas con el TDAH reciben subvenciones. También existen incentivos estructurales que favorecen la medicalización.
En ocasiones, los centros educativos reciben apoyos adicionales cuando determinados alumnos son diagnosticados. Los docentes cuentan con más recursos y apoyos externos, lo que puede facilitar enormemente la gestión del aula.
Por ello, no es extraño que muchas veces se invite a los padres a iniciar procesos diagnósticos que, en un porcentaje muy elevado de casos, terminan confirmando el supuesto trastorno.
Todos parecen salir beneficiados.
Todos, excepto el niño.
Muchos padres caen en esta trampa del sistema. Algunos por desconocimiento. Otros por miedo a equivocarse. Otros por la presión del entorno. Y otros porque sienten que es la vía más sencilla.
Mientras tanto, ese niño, en lugar de ser acompañado de forma ética y respetuosa, recibe un tratamiento que no ha elegido y frente al cual no puede defenderse.
Como padres somos responsables de la salud física, emocional y mental de nuestros hijos.
Debemos comprender que detrás de ciertos comportamientos —como el exceso de actividad, la distracción constante o la impulsividad— puede existir una raíz emocional profunda que necesita atención, comprensión y acompañamiento.
Puede que el niño viva en un entorno familiar conflictivo.
Puede haber gritos, tensiones o peleas frecuentes.
Puede haber habido una separación.
Puede que existiera ansiedad o depresión materna durante el embarazo o en los primeros años de vida.
Puede que el nacimiento de un hermano haya generado celos no acompañados.
Puede haber una alimentación inadecuada, exceso de azúcares, falta de sueño o sobreexposición a pantallas.
Todo ello influye profundamente en el comportamiento infantil.
El niño puede reaccionar cerrándose en sí mismo y reprimiendo sus emociones, o expresándolas mediante conductas intensas que en realidad son una forma desesperada de comunicar un malestar interno que aún no sabe gestionar.
El entorno familiar influye enormemente en su desarrollo.
Pero no es el único factor.
La escuela tampoco ayuda.
El sistema escolar tradicional es, en muchos aspectos, arcaico.
No favorece el desarrollo natural del niño.
Los niños necesitan moverse, explorar, cantar, correr, saltar, jugar y experimentar.
Su naturaleza no está diseñada para permanecer sentados durante horas, prestando atención sostenida a tareas que no les motivan, guardando silencio y reprimiendo lo que sienten.
El sistema educativo tradicional está diseñado para formar personas fácilmente adaptables al engranaje social.
La escuela, muchas veces, funciona como un instrumento de programación social más que como un espacio de auténtico desarrollo humano.
Y los innumerables diagnósticos de TDAH, junto con las consiguientes intervenciones farmacológicas, encajan perfectamente dentro de esa lógica.
Es hora de despertar, queridos padres.
Por el bien de vuestros hijos.
Y por el bien de la sociedad entera.
Para transformar este mundo necesitamos personas capaces de pensar diferente, cuestionar, crear, imaginar y rebelarse frente a normas absurdas.
Un niño no es un adulto en miniatura.
Necesita movimiento.
Necesita juego.
Necesita libertad.
Es absolutamente normal que se distraiga si no está haciendo aquello que conecta con su naturaleza.
Si todos los niños y niñas que a lo largo de la historia se diferenciaron por ser más inquietos, curiosos o dispersos hubieran sido medicados para encajar, probablemente habríamos perdido a muchos artistas, inventores y genios que transformaron la humanidad.
Un ejemplo inspirador es el de Gillian Lynne.
De niña, Gillian era muy inquieta en clase. No podía quedarse sentada, se distraía y tenía dificultades académicas.
Su escuela pensó que algo iba mal.
Su madre la llevó a un especialista.
Según cuenta la conocida anécdota, el profesional dejó música sonando y observó cómo la niña comenzaba a moverse y bailar espontáneamente por toda la sala.
Entonces dijo:
“Su hija no está enferma. Es una bailarina.”
Gracias a esa mirada comprensiva, Gillian fue orientada hacia la danza y terminó convirtiéndose en una coreógrafa extraordinaria, creadora de obras como Cats y The Phantom of the Opera.
Tu hijo probablemente no tiene ningún trastorno.
Tal vez simplemente necesita un contexto mejor.
Un entorno donde sus diferencias sean reconocidas como virtudes.
Donde pueda ser aceptado tal como es.
Y tú puedes acompañarle.
Eres su referencia.
Su refugio.
Su mundo.
Él confía en ti.
No lo decepciones.
No caigas en la trampa del miedo.
No permitas que la presión social silencie tu intuición.
Escucha tu corazón.
De verdad.
Ahí encontrarás muchas veces la respuesta más sabia sobre lo que necesita tu hijo.
Espero que esta reflexión te haya ayudado a cuestionar muchas de las ideas que quizá dabas por ciertas.
Si necesitas más información o deseas acompañamiento en este proceso, no dudes en contactarme.
Estaré encantado de caminar contigo desde el respeto, la escucha y el amor hacia ti y hacia tus hijos.
Un fuerte abrazo. Ciao
Marco
