¿Te has preguntado alguna vez si tu forma de reaccionar en familia es innata? ¿Crees que la paciencia, la calma y la capacidad de mantener el equilibrio emocional son un don natural o algo que puede cultivarse y recuperarse con el tiempo?
En este artículo analizaremos la naturaleza de nuestras reacciones, especialmente dentro del entorno familiar, y descubriremos que nuestra forma de ser como adultos no es casual ni simplemente heredada. Es, en gran medida, el resultado de las experiencias que vivimos durante la infancia, especialmente en los primeros siete años de vida.
Al observar y estudiar la naturaleza humana podemos comprender las causas profundas de nuestro comportamiento. No se trata únicamente de adquirir conocimientos teóricos, sino de emprender un verdadero camino de crecimiento personal que nos permita mejorar cada día, transformar nuestro carácter y corregir aquello que no nos gusta de nosotros mismos.
Somos los únicos responsables de nuestras reacciones y de nuestra manera de actuar. Podemos aprender a responder con calma, amabilidad y amor incluso en las situaciones más difíciles, siempre que estemos dispuestos a realizar un análisis sincero de nosotros mismos. Para ello es necesario observar en profundidad nuestra forma de ser, nuestras reacciones, nuestro lenguaje y la manera en que nos relacionamos con los demás, especialmente cuando nos encontramos alterados emocionalmente.
Observar aquello que nos irrita, las situaciones que nos ponen nerviosos y los comportamientos que despiertan emociones intensas en nuestro interior, sin dar nada por sentado ni normalizar automáticamente nuestras reacciones, representa el primer paso hacia una mayor consciencia y un conocimiento más profundo de nosotros mismos.
Si queremos mejorar nuestras relaciones familiares, tanto de pareja como con nuestros hijos, debemos comenzar por tomar consciencia de cómo nos comunicamos y reaccionamos. Con frecuencia son precisamente nuestras formas de relacionarnos las que generan conflictos, silencios, incomprensiones y resentimientos que, con el paso del tiempo, deterioran lentamente la relación con las personas que más queremos.
Muchas relaciones terminan desgastándose hasta llegar a la separación o al divorcio. Del mismo modo, la relación con los hijos puede volverse distante, fría y, en algunos casos, constantemente conflictiva.
Pero ¿realmente podemos cambiar nuestro carácter? ¿Podemos modificar nuestra manera de ser o estamos condenados a permanecer siempre igual?
La neurociencia nos ofrece una respuesta esperanzadora.
Aunque el cerebro se estructura y programa principalmente durante la infancia, mantiene a lo largo de toda la vida una extraordinaria capacidad de transformación. Esta capacidad se conoce como neuroplasticidad.
Por supuesto, en la edad adulta el cambio requiere un trabajo más profundo de introspección, una especie de “limpieza interior” y una auténtica reprogramación mental. No estamos destinados a ser de una determinada manera; hemos sido programados de una determinada manera. Y aquello que ha sido programado puede modificarse.
A diferencia de la infancia, sin embargo, el cambio no ocurre de forma inmediata. Nuestros esquemas mentales, nuestras creencias y nuestros patrones de comportamiento están profundamente arraigados en nuestro interior. Por eso no resulta sencillo liberarse de ellos.
No obstante, mediante un trabajo constante y consciente es posible recuperar la calma, el equilibrio y la paz interior.
Lo que determina gran parte de nuestras reacciones y comportamientos es la programación cerebral desarrollada durante los primeros años de vida, especialmente hasta los siete años.
En ese periodo, todas las experiencias vividas, las palabras que recibimos y la forma en que fuimos tratados por las personas más importantes de nuestra vida, especialmente nuestros padres, contribuyeron a construir nuestra visión del mundo y de nosotros mismos.
Las emociones que no pudimos expresar libremente porque fueron reprimidas o no recibieron acogida emocional no desaparecieron. Permanecen almacenadas en nuestro subconsciente, esa parte de la mente que influye en gran parte de nuestros comportamientos automáticos.
También las experiencias dolorosas vividas durante los primeros años de vida, e incluso durante el embarazo según algunos estudios, no se olvidan realmente. Permanecen registradas en nuestro mundo interior para permitirnos adaptarnos y sobrevivir a las dificultades vividas.
Un niño es extremadamente sensible y necesita una gran atención emocional durante los primeros años de vida. Cuando esa atención falta, el niño sufre profundamente.
Pero incluso los niños que reciben amor y cuidados adecuados pueden atravesar momentos en los que no se sienten comprendidos, escuchados o acompañados emocionalmente. Todas esas experiencias no procesadas permanecen como piedras en la mochila emocional que seguimos cargando en la vida adulta.
¿Por qué seguimos estando influenciados por las experiencias de la infancia?
Porque el adulto que somos hoy es el resultado de nuestra historia.
Todo lo que hemos vivido durante los primeros veintiún años de vida contribuye a moldear nuestra forma de pensar, sentir y reaccionar.
Aquello que creemos ser suele ser el resultado de esa programación. Quienes somos realmente solo podemos descubrirlo cuando empezamos a liberarnos del peso acumulado en nuestro subconsciente.
Cada vez que reaccionamos impulsivamente ante una situación cotidiana, cada vez que nos enfadamos, perdemos la paciencia o nos sentimos sobrepasados, con frecuencia se está activando una antigua herida emocional.
Reaccionamos según lo que aprendimos cuando éramos niños.
Muy a menudo tratamos a nuestros hijos de la misma forma en que los adultos nos trataron a nosotros, incluso cuando habíamos prometido no hacerlo.
La programación inconsciente es mucho más poderosa que la voluntad consciente. No podemos simplemente combatirla o ignorarla.
Lo que sí podemos hacer es lo que proponía Carl Gustav Jung: hacer consciente aquello que permanece en el inconsciente.
Solo así podremos integrar las diferentes partes de nosotros mismos y comenzar a vivir de acuerdo con nuestra verdadera naturaleza, que al nacer estaba orientada espontáneamente hacia el amor, la conexión y la confianza.
Mientras no realicemos este trabajo interior, viviremos una lucha constante entre la persona que deseamos ser y la forma en que realmente reaccionamos ante las circunstancias de la vida.
Como adultos debemos asumir la responsabilidad de nuestras reacciones.
No podemos escondernos detrás de frases como:
«Yo soy así.»
«Es mi carácter.»
«No puedo cambiar.»
Estas frases no son verdades absolutas. Son creencias que muchas veces utilizamos para justificar aquello que aún no hemos transformado.
La armonía familiar también está en nuestras manos.
No podemos seguir justificando cada reacción impulsiva, cada estallido de ira o cada comportamiento cargado de estrés como si fueran inevitables.
Vivimos junto a niños y adolescentes que están aprendiendo a vivir. Es normal que cometan errores, que expresen emociones intensas, que lloren, se enfaden o reclamen continuamente nuestra atención.
Somos nosotros, los adultos, quienes debemos representar el refugio seguro.
Somos nosotros quienes debemos aportar calma incluso cuando parece haber una tormenta a nuestro alrededor.
Al principio no será fácil. Pero con el tiempo, con el acompañamiento adecuado y con un trabajo constante sobre nosotros mismos, podemos aprender a mantener el equilibrio incluso en las situaciones más difíciles.
Y el mayor beneficio será que nuestros hijos nos observarán.
Aprenderán de nuestro ejemplo.
Algún día serán capaces de afrontar los desafíos de la vida con mayor serenidad porque nos habrán visto hacerlo a nosotros.
Cada vez que pierdas la paciencia, te pongas nervioso o sientas que estás a punto de explotar, intenta detenerte.
Obsérvate.
Cuenta hasta diez.
Respira lenta y profundamente.
Inhala y exhala con calma hasta sentir nuevamente tranquilidad en tu interior.
No atribuyas al exterior la responsabilidad de lo que ocurre dentro de ti.
Ninguna persona tiene el poder de determinar directamente tu estado emocional.
Son tus interpretaciones y tus reacciones las que influyen en cómo te sientes.
Las emociones no deben reprimirse, sino comprenderse, acogerse y expresarse de forma saludable.
Si tu hijo deja su habitación desordenada o tu hija no quiere cepillarse los dientes a pesar de que se lo recuerdas cada día, enfadarte y perder la paciencia probablemente no resolverá el problema.
Al contrario, aumentará tu nivel de estrés y tensión.
Cuando nos encontramos en un estado de ira o frustración, nuestro organismo produce hormonas como el cortisol, que incrementan el estado de alerta y el estrés.
Los niños perciben inmediatamente esas emociones.
También ellos entran en un estado de tensión y defensa y, en esas condiciones, no se encuentran en la mejor disposición para aprender.
Cuando, por el contrario, afrontamos las dificultades con calma, comprensión y amor, favorecemos estados emocionales más equilibrados, caracterizados por una mayor empatía, conexión y disposición a colaborar.
Piensa por un momento en cuando tu hijo era pequeño y se caía mientras aprendía a caminar.
No le regañabas.
No te enfadabas.
Lo acogías.
Lo tranquilizabas.
Lo ayudabas a levantarse.
Con amor.
Con paciencia.
Con comprensión.
Esa capacidad sigue estando dentro de ti.
No ha desaparecido.
Simplemente ha quedado cubierta por años de condicionamientos y heridas emocionales no resueltas.
Por eso el verdadero trabajo no consiste en controlarse.
Consiste en conocerse.
Consiste en escuchar al niño interior.
Consiste en comprender qué heridas siguen influyendo en nuestras reacciones.
Cuando iniciamos este camino, algo empieza a cambiar.
Las situaciones externas siguen siendo las mismas.
Los hijos continúan siendo hijos.
Siguen cometiendo errores.
Siguen experimentando.
Pero nosotros comenzamos a responder de una manera diferente.
Más consciente.
Más equilibrada.
Más amorosa.
Si quieres empezar hoy mismo, prueba algo muy sencillo.
La próxima vez que sientas que la rabia está subiendo, detente.
No reacciones inmediatamente.
Haz una pausa.
Cuenta hasta diez.
Respira profundamente.
Y después pregúntate:
¿Qué es lo que realmente me está molestando de esta situación?
Ve más allá de la primera respuesta.
Profundiza.
Escríbela.
La escritura es una herramienta extraordinaria para conocerse a uno mismo y acceder a niveles más profundos de consciencia.
Muchas veces descubrirás que aquello que te hiere no tiene nada que ver con tu hijo.
Tiene que ver con algo que lleva mucho tiempo viviendo dentro de ti.
Y es precisamente ahí donde comienza la transformación.
Porque el verdadero cambio no consiste en cambiar a nuestros hijos.
Consiste en transformarnos a nosotros mismos.
Quiero terminar con una reflexión que considero fundamental.
Como decía Jung:
«Tu mundo exterior es un reflejo de tu mundo interior.»
Si deseas más armonía en tu familia…
Más calma en tu hogar…
Más serenidad en tus relaciones…
Empieza por ti.
Empieza por tu mundo interior.
Espero que esta reflexión te ayude a observar tus comportamientos y reacciones con una mirada nueva.
Y recuerda siempre que cada paso hacia una mayor consciencia es también un regalo para tus hijos y para las personas que amas.
Un fuerte abrazo,
Marco
Familia y Crecimiento

