Hay un patrón que se repite desde siempre y muy a menudo. Y que, con las redes sociales, incluso se ha acentuado.
Hablar de la vida de los demás.
A la gente le encanta. A veces para elogiar, pero muchas veces para criticar, juzgar e incluso menospreciar. Está tan arraigado en nosotros que casi no nos damos cuenta. Parece algo natural en las personas.
Pero no lo es.
Se trata de una costumbre adquirida, que se transmite de generación en generación, en las familias y en la sociedad. En todas las familias he escuchado siempre, en las conversaciones, hablar de la vida de los demás: de otros familiares, de amigos, de conocidos y hasta de desconocidos, como si fuera lo más natural del mundo.
Y sin embargo, en mis investigaciones sobre la mente humana, sobre los hábitos adquiridos y las creencias que tenemos, me he dado cuenta de algo que quiero compartir contigo hoy.
Un mecanismo de la mente para no mirarnos
Esa costumbre es un mecanismo de nuestra mente para evitar ver nuestra propia vida.
Para evitar analizarnos en profundidad. Para evitar quitarnos las capas de protección y sacar a la luz nuestra verdadera esencia.
Porque ir hacia adentro duele.
Reconocer nuestros fallos, nuestras carencias, nuestros límites, nuestro verdadero estado de ánimo, nuestras emociones más profundas, duele mucho. Es solo para valientes.
Es mucho más fácil ver, hablar y analizar la vida de los demás que la nuestra. Por eso hablamos y conversamos con otras personas sobre las vidas ajenas y no sobre la nuestra. Porque nosotros estamos «bien». Son los demás los que están «mal», los que necesitan ayuda, los que necesitan trabajar en sí mismos.
Nosotros no. O, por lo menos, no estamos tan mal.
Y defendemos esa postura con uñas y dientes, porque reconocer nuestras debilidades, nuestras carencias, nuestras emociones y sentimientos es algo que nunca hemos estado acostumbrados a hacer.
La coraza que nos pusimos de niños
Desde pequeños nos enseñaron a callar nuestras emociones. A no expresarlas. A tener vergüenza de lo que sentíamos.
Así que nos pusimos una coraza. Una armadura para afrontar la vida, donde la debilidad no cabe. Donde la vulnerabilidad se ve como algo malo que hay que esconder y proteger, para no sentir dolor.
Y sin embargo, nuestra naturaleza más profunda es puro amor.
Pero no nos enseñaron a desarrollarla. No nos enseñaron a vivir con el pecho abierto, a amar de forma incondicional.
De niños era normal recibir comparaciones y críticas. Era más importante la opinión de los demás que saber cómo nos sentíamos nosotros.
Escuchábamos las conversaciones de nuestros familiares, de nuestros padres, tíos y abuelos, hablando de otras personas. A veces criticando, comparando, o simplemente analizando la vida ajena. Tanto, que lo asumimos como algo normal y natural.
Y por si fuera poco, en la tele había muchos programas que hablaban de la vida de los demás, de personas famosas, muy a menudo para criticar o comparar.
¿Es realmente algo natural?
¿Alguien se ha puesto alguna vez a reflexionar sobre este hábito?
¿Es realmente algo natural?
De niños pequeños no hacíamos eso. Estábamos tan centrados en nuestra propia vida que no cabía analizar ni criticar la vida de los demás.
Con el paso de los años, ya en la segunda parte de la infancia y en la adolescencia, según la familia de procedencia, algún niño empezaba a criticar a los demás, a juzgar, a comparar.
Como sabemos, de niños somos esponjas. Aprendemos los hábitos, sean buenos o malos, que se repiten en nuestro entorno, sin analizar si realmente son beneficiosos o no.
Por eso algunos niños empiezan a actuar como aprenden de sus adultos de referencia. Y con el paso de los años van reforzando ese hábito hasta convertirlo en parte de sí mismos.
¿Y por qué te hablo de esto hoy?
Porque la pregunta principal es esta: ¿qué repercusiones tiene ese hábito en nuestra vida?
Si no lo observamos, si no lo detectamos y no lo paramos, no nos permite mirar en nuestro interior. No nos permite conocernos en profundidad. Conocer nuestras emociones, nuestros deseos, nuestros objetivos, nuestros anhelos más profundos.
Porque la mirada va siempre hacia afuera. Nunca hacia adentro.
Por eso hoy quiero invitarte a una reflexión.
¿Qué es más importante para ti, la vida de los demás o la tuya?
¿Qué es lo primero que te debería preocupar, tu bienestar o el de los demás?
Nosotros somos lo más importante que tenemos.
No podemos dar amor a los demás si no nos amamos a nosotros mismos. No podemos ser útiles para los demás si antes no solucionamos nuestras cuestiones internas.
Y, como padres, no podemos educar emocionalmente a nuestros hijos, acompañándoles en su camino de vida, si no conocemos nuestras propias emociones. Si no estamos acostumbrados a sentir, a abrir nuestro corazón, a mirar en nuestro interior.
Cada uno tiene su camino
De nada nos sirve fijarnos en lo que hacen y piensan los demás.
Cada uno es único y tiene su camino de vida. Nosotros no podemos interferir en el camino de nadie. Podemos, a través de nuestro ejemplo, mostrar el camino. Pero no podemos recorrerlo por el otro. Ni siquiera por nuestro hijo.
Cada uno tiene el suyo.
De nada sirve criticar, analizar, comparar, mirar y observar la vida de los demás, pasando horas conversando sobre la vida ajena en reuniones familiares y entre amigos.
Si de verdad te interesa saber cómo está una persona, llámala. Contáctala directamente. No le preguntes a otra persona, porque te dará su opinión subjetiva. Te dirá su verdad, según cómo ve su propia realidad, que es diferente a la de otro.
Y si quieres conversar con alguien, para que sea una conversación realmente importante y provechosa, habla sobre ti. Sobre cómo estás. Sobre tus emociones, tu estado de ánimo real, sin máscaras.
Y preocúpate por la persona que tienes delante. Pregúntale cómo está de verdad. Cómo se siente. Cuáles son sus anhelos.
Puede que se ponga incómoda si no tiene esa costumbre. Pero salir de la zona de confort nos ayuda a crecer, a expandirnos.
Hablamos de los demás para no salir de nuestra zona de confort
Esa es la verdad.
Hablamos de los demás para no salir de nuestra zona de confort. Para protegernos de posibles críticas. No queremos ser vulnerables. Queremos parecer fuertes y seguros de nosotros mismos.
Y así nos va la vida.
Rechazando a las personas que realmente se preocupan por nosotros y que quieren nuestro bien, solo porque nos incomoda su presencia, sus preguntas, su invitación a mirar en nuestro interior.
Y buscando a personas que hablan de temas superficiales, de la vida ajena. Perdiendo el tiempo en conversaciones inútiles, para no salir de nuestra zona de confort.
Nos atraen más esas personas, justamente, porque con ellas podemos seguir actuando con nuestra máscara. Sin ni siquiera darnos cuenta.
Descubre tu autenticidad
Quédate con las personas que se preocupan realmente por ti y que se abren a ti, que se confían contigo.
Esas son las personas que te enriquecen. Con las que vale la pena estar, conversar, compartir.
Todo lo demás es humo. Es perder el tiempo.
Expande tu mente. Deja de vivir detrás de una máscara, dentro de una armadura de protección que no te deja descubrir tu verdadera esencia.
No te preocupes por quedar bien, por complacer a los demás. Busca tu autenticidad. Habla con amor, sin criticar. Invita a la reflexión, al despertar interior.
No te preocupes por las críticas, por la opinión ajena. Cada uno opina según su realidad. Y todo lo que no nos gusta de los demás esconde alguna herida oculta.
Cuando la incomodidad habla de ti
Ahora observa tu entorno.
Si alguien de tu entorno está pasando por momentos difíciles y tú piensas que debería hacer tal cosa o seguir tal camino… pregúntate: ¿estás haciendo realmente el tuyo? ¿O estás jugando a tu crecimiento personal, sin tomarlo verdaderamente en serio?
Si alguien tiene dificultades en sus relaciones familiares, con los hijos, en la pareja, y crees que debería hacerse ayudar para superarlas, y te molesta que no lo haga porque, supuestamente, es una persona a la que quieres…
En realidad, esa incomodidad y ese malestar están hablando de ti.
Así que mírate.
¿Cómo son tus relaciones familiares? ¿Cómo es la relación con tu pareja, con tus hijos, con tus padres? ¿Y en el trabajo? ¿Y con los vecinos?
¿Tienes algún conflicto que aún no has superado y que pospones continuamente?
¿Hay algún curso o taller que podrías hacer y no haces, porque tu vida no está tan mal comparada con la de otros?
¿Tienes dificultades en tus relaciones, pero al compararlas con las de otros te consuelas pensando que es lo normal, y por eso no actúas como deberías?
¿Hay alguna persona, algún mentor, algún terapeuta a quien podrías ver, pero pospones ese encuentro porque no quieres salir de tu zona de confort?
Esos son todos juegos mentales.
Dentro de ti tienes todas las respuestas. Pero la mente intentará convencerte de que no lo necesitas. De que estás bien así.
Y seguirás posponiendo. Hasta que la Vida te ponga cada vez más complicaciones. Hasta que no puedas aguantar más, emocional y físicamente.
¿De verdad vale la pena esperar tanto y pasar por todo ese sufrimiento, en lugar de hacer esa llamada ya? ¿Ese encuentro, ese curso, ese taller que sigues posponiendo?
Si tuvieras un dolor de muelas que no te deja dormir, ¿irías al dentista ya, o esperarías a ver si se te quita el dolor por sí solo?
¿Crees que tu dolor emocional, tus heridas emocionales, se sanarán solas por arte de magia?
(Déjame que te lo diga con todo el cariño.)
Para crecer, sanar, evolucionar, mejorar y lograr la paz y la felicidad que somos en el fondo y que tanto anhelamos, necesitamos esfuerzo por nuestra parte. Por eso vinimos a este plan de vida.
Y si somos padres, tenemos la obligación de hacer nuestro camino de sanación. Para no transmitir nuestra carga emocional a nuestros hijos, a nuestros nietos y a todos los demás descendientes.
Deja las mochilas
Deja de cargar con las mochilas de la infancia y con las que heredaste de tus ancestros.
Empieza a vivir ahora mismo tu verdadera vida. Preocupándote por tu vida, en lugar de por las de los demás.
No por egoísmo. Como un acto de amor hacia ti.
Una vez que te descubras a ti mismo y vivas acorde a tu esencia, serás un ejemplo para los demás. En particular, para tus hijos y para tu pareja.
A veces hay que pasar por túneles oscuros. Abrir armarios con fantasmas y esqueletos que nos dan miedo. Pero al final este acto nos libera de las ataduras que cargamos y que no nos permiten volar en nuestra vida.
El primer paso: observarte
El primer paso, a partir de hoy, es observarte en el día a día. Para cambiar este hábito tan dañino del que hemos hablado: hablar y conversar sobre la vida ajena.
Cuando te des cuenta de que estás cayendo otra vez en ese hábito, ya sea mirando la vida de los demás en las redes sociales, o conversando con alguien sobre la vida de otra persona…
Para.
Y piensa: esto no me pertenece. No es útil para mí ni para los demás.
Deja el móvil de inmediato. Coge un libro en su lugar. Cambia de conversación en el acto. O despídete de la persona con la que estás teniendo esa conversación.
Con la práctica, si te observas, te pillarás cada vez que caigas en ese juego. Y si sigues observándote, poco a poco dejarás ese hábito.
Quizás algunas personas se alejarán de ti. Eso es parte de la limpieza energética que necesitas en tu vida. No te preocupes por eso. Deja fluir. Otras personas llegarán.
Y acostumbra a tus hijos a hacer lo mismo. A no fijarse en la vida de los demás, sino en la suya. Desde el amor, no desde el ego.
Esa es una gran enseñanza que les puedes dejar para toda la vida.
Educar desde el ejemplo
Porque en Familia y Crecimiento educamos desde el ejemplo. No desde sermones, técnicas, premios y consecuencias.
Educamos desde el amor incondicional. El más auténtico.
Pero eso no será posible si antes no nos desnudamos de todo lo que no nos sirve en nuestra vida. Y si no hacemos nuestro camino hacia el despertar de nuestra consciencia.
Si quieres que te acompañe en ese camino, si quieres ser parte de nuestra comunidad de padres conscientes, estaré encantado de estar a tu lado.
Espero saber de ti pronto.
Un fuerte abrazo.
Marco
familiaycrecimiento.com

